
No hace muchos años que la calle era un lugar para aprender con los amigos del barrio, donde adquirir experiencias inolvidables que, junto con la escuela y la
familia, formaban nuestra personalidad. Por aquellos tiempos, las calles de Vigo no suponían peligro. La gente no cerraba los coches ni estaban de moda los radio-cassettes extraíbles. La
calle era un estimulante para nuestra educación independiente, donde hacer amigos y compartir aventuras y desventuras. No estaban de moda los Educadores de Calle.
Pero los tiempos han cambiado. Vigo, como todas las ciudades grandes, se ha vuelto en algunos lugares y calles, peligroso. La calle, para los chavales de algunos barrios, ya no es un lugar para
explorar y vivir esa aventura . mas bien es a veces un lugar para aprender a ser delincuente.
En los años 70 aparecen es España –en La Rioja y Barcelona- los primeros Educadores de Calle. Su tarea surge como prolongación de la función educativa de la familia y la escuela; pero los
“alumnos de la calle” son aquellos que precisamente no van a la escuela con demasiada frecuencia ni tienen una familia que les cuide, les quiera y les proteja.
A veces en casa hay “malos rollos” o se pasa incluso hambre y en la escuela “se les coge manía” por sus travesuras, malos modos y “falta de educación”. Sin embargo en la calle encuentran otros
como ellos y algunas ocupaciones divertidas y emocionantes, cuando no peligrosas. Con frecuencia encuentran una pandilla organizada, donde el jefe o líder dirige a todo el grupo con agresividad y
una cierta justicia de supervivencia en la jungla de asfalto. Sus actividades más frecuentes consisten en acercarse hasta las escuelas para coger algo a los amigos u otros niños, los espectáculos
y fiestas, bares con máquinas tragaperras, grandes almacenes donde apropiarse de alguna menudencia, etc. Cuando se hacen algo mayorcitos comenzarán el juego con al alcohol y otras drogas, pasando
posteriormente al trapicheo y al robo, lo que inevitablemente les conducirá el Juzgado de Menores o a la cárcel si son mayores de 18 años.
A los Educadores de Calle se les encomendó como tarea trabajar con estos chavales para impedir que este camino de desmanes les condujera a la cárcel y, casi consecuentemente, a una espiral de
violencia y marginación de la que saldrían no si dificultad. En primer lugar hacen un estudio de la zona, y mediante cualquier justificación, se acercan al grupo de chavales y se ganan su
confianza. Después. Si se da el caso, explicarán su trabajo y el por qué los hacen. A partir de aquí se abre un camino complicado de avances y retrocesos que si no acaba en ruptura –cosa que
ocurre poco- empezará a dar frutos positivos. La mayoría de ellos no acabarán en la cárcel y con los que así ocurre su reinserción es luego más fácil.
Una tarea de tal vocación profesional y de tal importancia social no puede ignorarse desde la Administración pues, en la práctica, es una de las pocas que inciden directamente en la prevención
específica de la delincuencia en los barrios y que a todo el mundo preocupa, según las encuestas.
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