Comienzos del Educador de Calle en España

 

A finales de la década de los años 60, un grupo de personas implicadas en la problemática social de los menores en conflicto, iniciaron una labor de trabajo socioeducativo con menores en la calle. Estos antecedentes han marcado la pauta y la línea pedagógica de otros movimientos análogos que, en momentos posteriores, fueron surgiendo en distintas localidades de España. Esta experiencia fue gestando una nueva forma de entender la educación y la intervención social que tenía como espacio de actuación el propio entorno del menor en desarrollo, la calle.

 

 Tradicionalmente el método de intervención con menores y jóvenes problematizados que presentaban conductas perjudiciales para el entorno, ha pasado por el enjuiciamiento/penalización y/o la asistencia y amparo, sin cuestionarse las causas socioeconómicas que determinaban la vida de estos menores y sus familias y, consecuentemente, los comportamientos manifestados alejados de toda norma social.

 

 La educación de calle se gestó como un intento pedagógico y ajustado a la realidad del momento. Se configuraba como pretensión y ambición utópica de incidir en las causas estructurales que generan la desigualdad  social, de dar una respuesta educativa y ajustada a las problemáticas que se vivían en las calles, de intervenir en el mismo medio del joven haciendo uso de las circunstancias cotidianas, aprovechando esos momentos de convivencia y relación con fines educativos.

 

 Así, la intervención en Medio Abierto ha ido madurando desde sus planteamientos iniciales, configurándose en una alternativa y una respuesta válida a la problemática individual y social de los menores en desamparo/conflicto que se mueven por las calles de nuestras ciudades.

 

 Se constata que la pedagogía de la intervención en medio abierto ha tomado relevancia en las últimas décadas al crecer las problemáticas en las calles, conviertiéndose en un lugar peligroso, de consumo y de violencia.

 

 Con la educación de calle se camina hacia la recuperación de las calles como un lugar de encuentro y relación, como un espacio que, aprovechado educativamente, sirve de promoción personal y social.

           

La formación de los Educadores de Calle ha sido una asignatura pendiente que se ha dejado entrever, en múltiples encuentros y reuniones, en una demanda sentida y manifestada profundamente.

 

Una obligación urgente en los grupos de intervención que han visto positivo aportar la teoría a la experiencia acumulada, de crecer metodológicamente, de evaluar las estrategias empleadas, de investigar y probar nuevos métodos que puedan adaptarse a nuestra intervención, de crear otros nuevos, de aprender a cuidar la relación despegándonos de aquellos elementos que la enturbian, aprender a identificarlos, valorar la propia intervención con el único objetivo de seguir madurando y creciendo en aquellos recursos personales que podamos aportar a la relación.

 

Es nuestro propósito, ilusionado y modesto, de responder con claridad a la necesidad de aprendizaje y mejora en el trabajo de intervención al que tiene que hacer frente el Educador de Calle cotidianamente; de comunicar, sobre todo, el impulso de evaluar y de continuar aprendiendo y buscando.

 

 

Educador de Calle. La conducta antisocial.

 

El Educador de Calle debe ser un buscador nato de su propio interior para transcender, más tarde, al entorno que le rodea con ánimos renovados. Sólo de esta forma estamos seguros, los que nos implicados y comprometemos con los menores de nuestros barrios, de alcanzar en el horizonte un futuro cierto para los niños y jóvenes más olvidados.

 

 

  

Educador de Calle, una profesión sin paro


El Educador de Calle trabaja o interviene con lo que llamamos «población de o en riesgo» tiene unas características que necesitan respuestas desde la educación no formal:

- Abandono del sistema educativo por desmotivación, frustración...
- Desajustes familiares con desestructuración a nivel personal.
- Dificultades para encontrar alternativas al ocio.
- Trabajo en precarias condiciones, dificultad para integrarse en el mercado laboral normalizado,...
- Conductas adictivas. Abandono afectivo.
- ...

Todos somos responsables de buscar soluciones a estos problemas. Con una metodología participativa se pueden dar respuestas a las necesidades sociales y a la marginalidad, en la que se impliquen todos los agentes de la comunidad: movimientos sociales, centros, voluntarios, profesionales, población y, por supuesto, Educadores de Calle. Todo ello tendrá que contar con el reconocimiento social y económico del Estado, apostando más por políticas de desarrollo de la sociedad civil que por el mero asistencialismo.

Las instituciones que tradicionalmente realizaban trabajo social con jóvenes eran poco eficaces, o sólo intervenían cuando ya era demasiado tarde, cuando las situaciones problemáticas eran evidentes. Incluso estas instituciones no eran capaces de acercarse de manera efectiva a determinados jóvenes y grupos, sobre todo porque no sintonizaban con sus inquietudes y necesidades.

Hasta ahora existía una trayectoria de trabajo de este tipo de Educador enfocada especialmente a las tareas preventivas con niños y jóvenes en barrios, talleres ocupacionales, centros abiertos, etc., como un animador de la acción social que actuaba desde el movimiento asociativo, pero nuevas realidades están reclamando su intervención en otros campos donde se nota su carencia, sobre todo porque puede desempeñar un rol de cercanía y acompañamiento que difícilmente podrían ejercer otros profesionales. Nos referimos a formar parte de equipos en proyectos de acción con drogodependientes, prostitutas, minorías étnicas, inmigrantes, etc. a través de programas de metadona, disminución del daño, incorporación social, higiene y salud, garantía social,...

Es importante el papel de la educación de calle como instrumento necesario en la intervención educativa con todos estos colectivos. Los y las educadoras de calle son, con frecuencia, las únicas personas adultas «significativas» a quienes pueden dirigirse los jóvenes y otros colectivos cuando se encuentran con problemas, situaciones y conflictos difíciles.

El Educador de Calle -o Educador en Medio Abierto como se le comenzó a llamar en Francia-, a diferencia de otros profesionales, sale al medio propio donde están los destinatarios de los programas, hace de ese medio abierto su lugar habitual de trabajo, crea relaciones individuales y grupales, se acerca a los que nunca utilizan los recursos, sirve de referencia a unos, optimiza todo el conjunto de dispositivos comunitarios públicos o privados, responde al principio concreto de educarnos en la calle y sirve además de complemento al trabajo de otros técnicos.

El beneficio social y económico queda patente por la atención que se presta a determinados colectivos que difícilmente acceden a otros sistemas de atención, por los procesos de cambio que se generan, por la propia implicación y eficacia cualitativa del Educador y porque en el trabajo social las relaciones deben ser horizontales y de promoción para conseguir verdaderos cambios.

El Educador trata de que las vivencias que acumula el joven puedan ser positivas y sirvan de bagaje para su futuro adulto. Y lo hace desde esos espacios significativos, los ámbitos, los tiempos y las actividades donde ellos están y hacen: Rincones, calles, centros culturales, bares, asociaciones... Para que el joven se mantengan en una entorno educativo harán falta delegados educativos que acompañen, apoyen, sugieran, hagan de puente, etc. Si no se potencian este tipo de medidas de atención es fácil que muchos jóvenes tengan dificultades especiales en el proceso de incorporación social, con lo que el conflicto se agudizará todavía más.


La función del Educador será siempre la de incitar, apoyar el proceso de transición, socializar, contribuir a la adquisición de la autonomía, etc., sin necesidad de vigilar, proteger, disponer, tutelar... Sabe que «estar» entre los jóvenes ayudará a «hacer» comunidad. Cabría decir lo mismo si los destinatarios son otro tipo de individuos que atraviesan especiales dificultades.

Cada día son más las instituciones, administraciones públicas y asociaciones que cuentan en sus plantillas en el campo de lo social con educadores de calle, lo que permitirá sin duda clarificar progresivamente sus funciones. Es difícil aunar criterios para perfilar de forma concisa la complejidad de tareas que puede tener este educador, a la vista de la cambiante realidad social que aconseja adaptaciones rápidas y acomodaciones que exige el nuevo entramado que forman los grupos de su práctica.

Como tareas que forman parte de su quehacer diario podemos destacar:

- La detección de las dificultades sociales y sus causas.
- Relacionarse con las instituciones.
- El diálogo con los destinatarios.
- La reeducación e intervención para la mejora de las relaciones interpersonales.
- La organización de la vida cotidiana en el ámbito individual y grupal.
- La animación grupal y comunitaria.
- La formación, información y orientación.
- Provocar la toma de conciencia de los problemas, generando cambios de actitudes.
- Favorecer el proceso de integración social.
- La capacitación en habilidades que permitan una mayor independencia.
- La prevención de otras circunstancias de riesgo que puedan desencadenar marginación social.
- El análisis de las demandas individuales y sociales y la generación de respuestas que provoquen un crecimiento personal y grupal.
- La derivación de propuestas hacia otros servicios (asociaciones, organizaciones, instituciones) y seguimiento de las mismas, etc.
- Concienciar a la comunidad para la búsqueda de soluciones y alternativas a sus problemas.
- La animación a la participación en tareas comunitarias.
- ...

Las áreas sobre las que interviene directamente el Educador son la familia, la escuela, el tiempo libre, las relaciones y la salud. Para desempeñar este encargo social el Educador deberá tener una serie de capacidades o competencias, un cierto talante que le habilite para realizar tareas que incidan positivamente en el proyecto para el que trabaja. Algunas de esas habilidades son propias pero otras deberá adquirirlas a través de la experiencia, la formación, el contraste de ideas, etc.
 
El complejo rol de Educador exige una preparación flexible y heterogénea y unas cualidades personales determinadas para poder dar respuestas a las situaciones diarias que se presentan en el ejercicio de su profesión. A pesar de que es una profesión nueva e innovadora, a la que se suman cada vez más jóvenes adeptos y personas con un alto grado de preparación, no quedan dudas de que su razón de ser estriba en la necesidad de personajes competentes para maniobrar y revolver conflictos y graves problemas que genera la sociedad actual.

Antes de ejercer como tal, el Educador de Calle debe conocer, entre otras:
-Las motivaciones que le impulsan a elegir esta profesión.
-Lo qué significa ser Educador de Calle.
-Los destinatarios de su trabajo.
-Las dificultades que encontrará.
-La metodología de intervención.

La preparacion de este educador debe ser variada y amplia en conocimientos y recursos para poder intervenir de forma eficaz: es conveniente que tenga al menos nociones sobre psicologia, marginacion, inadaptacion, interculturalidad, sexualidad, violencia de genero, malos tratos, drogodependencias, alcoholismo, juegos, dinamicas...

 



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No es necesario matricularse en todos los cursos a la vez. Puedes hacerlo de uno en uno, a tu propio ritmo. 
 

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